HACER EL GAMBA

 


Habíamos terminado de comer, y los niños estaban aburridos. Para animar el ambiente, propuse jugar a un juego de mímica. Recuerdo que Adrián tenía solo cuatro añitos, mientras que Álvaro estaba cerca de cumplir siete. La idea era simple: cada jugador debía representar una palabra sin hablar, utilizando solo gestos, y su equipo tendría que adivinarla.

Al principio, todo eran risas y diversión. Sin embargo, cuando llegó el turno de Adrián, la situación tomó un giro inesperado. El pequeño, lejos de utilizar gestos simples, decidió que lo mejor era tirarse al suelo y comenzar a arrastrarse, retorciéndose de manera peculiar. Todos nos miramos, ojipláticos, sin entender qué estaba pasando ¿Le estará pasando algo y no estamos siendo conscientes? pensaba

El equipo de Adrián empezó a adivinar, lanzando palabras como "gusano" y "lombriz". Pero él seguía con sus movimientos extraños, totalmente inmerso en su papel. En mi mente empezaron a dispararse las alarmas. ¿Le estará pasando algo y no estamos siendo conscientes? pensaba, con el móvil en la mano dispuesta por si acaso había que llamar a urgencias.

La mamá de Adrián, con cierta preocupación, le preguntó: “¿Estás haciendo el animalito que te ha tocado, verdad cariño?”. Sin embargo, el niño continuó en su mundo, sin una palabra ni una mirada.

El juego se tornaba surrealista. Entre las adivinaciones de su equipo aparecieron más nombres de animales: "cucaracha", "boa", "culebra"...  yo ya me estaba imaginando cómo sería explicar este espectáculo a un médico

De repente, Adrián empezó a rectar, moviendo sus piernas en un movimiento que parecía articularse entre un baile y una lucha por las piernas de su tío. Miraba a su tío David como si estuviera en medio de una actuación propia de Hollywood. "¿Qué hace este niño? En serio, ¿está jugando?", dijo, tratando de contener la risa y el nerviosismo a la vez.

Finalmente, el tiempo se consumió y, para alivio de todos, el niño estaba bien. Cuando le preguntamos qué animal había estado representando, él sonrió orgulloso: “¡Era una gamba!”

“¡Por supuesto! ¡Estaba clarísimo!”, exclamé. “Vaya equipo de mierda te ha tocado, Adri”, bromeó su hermano, mientras las risas estallaban de nuevo. Esa tarde de juegos se convirtió en una anécdota inolvidable, que muchas veces recordamos.


Raquel 💛