DONDE ESTAN MIS BRAGAS

 




                                       


En esta vida una de las cosas que más me incomoda es cuando tengo que ir al ginecólogo. Aunque hay que ir y hacerse todos los reconocimientos necesarios, nos guste o no.

Hoy quiero compartir con vosotros mi primera experiencia, la cual, a pesar del tiempo transcurrido, sigue ocupando un lugar en mi memoria.

Era mi primera citología y, honestamente, iba más nerviosa de lo que me gustaría admitir. A pesar de conocer el procedimiento, la idea de que un médico iba a examinarme tan de cerca. con esa postura tan tan, es que no sé ni como describirla, me provocaba una mezcla de vergüenza. Allí estaba yo, tumbada en la camilla, desnuda de cintura para abajo, con la única compañía de mis calcetines —sí, había decidido dejarme los calcetines. Me iba a ver el potorro no los pies, ya sé que era ridículo pero una tiene su pudor.

Afortunadamente, la doctora era un encanto. Su voz dulce y su manera delicada de tratarme ayudaron a calmar un poco mis nervios. Sin embargo, cuando me pidió que acercara el "culito" hacia delante, pensé: “¡Dios mío! ¿Tengo que acercar más el chichi a su cara?”. La situación era tan surrealista que, en un intento por relajarme, opté por imaginarme patos nadando en un lago para que no me entrara la risa. Miraba su cabeza entre mis piernas ahí toda concentrada mirando mi cueva y me decía patitos nadando, patitos nadando en el lago, para contenerme la risa.

Cuando terminó la prueba, que gracias a dios no se tarda mucho, me dijo ya está Raquel vístete. Pero aquí vino lo mejor de todo. Al buscar mis bragas, me di cuenta de que no estaban donde creía. “Joder, pero ¿dónde están?”, pensaba, apartando mi abrigo y mis pantalones. Agachándome un poco, descubrí que estaban detrás de la silla, en el suelo. Intento apartar la silla y estaba encajonada.

No me jodas, pensé. Me tengo que agachar con el culo en pompa. Intenté que al agacharme fuera lo menos bochornoso, pero aún sí, el dos de oros quedó al descubierto, total que más da si me acaba de ver todo el potorro me decía. Tranquila, tranquila.

Después de esa postura tan abrupta, que más me puede pasar, no, no, no se me escapó ningún pedo, por favor, eso no. No llegaba, no llegaba a alcanzar las putas bragas. Estuve a punto de decir las dejó ahí y me voy sin bragas. Pero como iba hacer eso si tenía a la doctora detrás viendo todo el espectáculo y muy expectante de lo que me pasaba. Por lo que me tuve que poner a cuatro patas, otra vez mostrando mi dos de oros. Ahí en plan postura de gato, como el cuñado en su gran salto en la Olla de San Vicente (léete ese relato, seguro que te echas unas risas).

¿Puedes? Me dijo la doctora.  Sí, sí tranquila ya está ya está.

Por fin, pude lograr vestirme. 

Y esta fue mi experiencia, que no hay mal que por bien no venga porque ahora he optado por ir sin bragas al ginecólogo, que noooooo ahora dejo siempre bien colocadita la ropa, y verifico que la silla no esté encajonada. 

Nunca se sabe cuándo un momento incómodo puede convertirse en una historia inolvidable.

Raquel 💛