Soy una persona que le gusta el campo, me encanta el
senderismo, esos paseos en plena naturaleza me relaja, me divierte, disfruto
como buena disfrutona que soy.
Los veranos de mi juventud fueron en un pueblo de Soria e
incluso dos años de mi vida los viví allí. Aprendí a distinguir que es un
margarita, una amapola, un cardo, un arbusto, una zarza, un chopo, una seta, que
es la hierbabuena, una ortiga (esta si la tocas pica para quien no lo sepa)….etc
Sin embargo, no todo lo que brilla es oro. Este verano, un pequeño percance con
una ortiga me recordó que la naturaleza tiene sus peligros.
Después de una inolvidable mañana en la playa La Ballota,
decidimos emprender el camino de regreso. Recogimos todos los bártulos y nos
fuimos montaña arriba a coger el coche para marcharnos a comer. Tengo que ser
justa y decir que esta vez no fuimos solos dos personas las que llevamos las
bolsas montaña arriba (léete el relajo un día de la playa en La Ballota para
que entiendas) pero también he de aclarar que esas botellas de agua ya se
habían consumido, al igual que la comida. Vamos que sí, que las bolsas pensaban
menos. Continuo.
Mientras ascendíamos, la vegetación nos rodeaba por
completo. Las tonalidades de verde eran simplemente espectaculares; me
recordaron por qué Asturias es, sin duda, otro mundo. Asturias tiene un color
especial. (deberían cambiar la canción y quitar Sevilla por Asturias). Las
plantas a los lados de las escaleras tenían unas hojas enormes y brillantes que
parecían invitarme a tocarlas. Mis pensamientos estaban en sintonía con la
belleza del entorno; iba comentando cada descubrimiento a mi hermana y a mi
sobrino mayor, maravillándome de la diversidad que nos rodeaba. Pero, como
suele suceder, una vocecita mala apareció para arruinar mi momento de deleite.
La voz buena me decía céntrate en la belleza floral, pero
¿cómo podía ignorar aquellas hojas tan impresionantes? Justo en ese instante,
la vocecita mala me empujó a compartir mis conocimientos sobre plantas.
"¡Aprovecha y enséñales lo que sabes!" me decía. En un arrebato de
confianza, dije a mi hermana y sobrino. "¡Mirad qué bonita planta! Es
hierbabuena", exclamé orgullosa. Sin embargo, al observar la expresión en
el rostro de mi hermana, entendí que algo estaba mal.
Mientras les mostraba la planta, agarré lo que resultó ser
una enorme hoja de ortiga. Y sí, ya saben lo que pasó después. Mi mano ardía al
instante, que picor. Pues no, no es
hierbabuena les dije.
La risa estalló entre nosotros, mi sobrino decidió correr un
tupido velo y alejarse de esta situación tan surrealista, mientras yo y mi
hermana luchábamos por recuperar las fuerzas entre tanta carcajada y poder
continuar el camino.
-Cuanto habéis tardado? Dijo el cuñado teenager.
MORALEJA: Las ortigas no se tocan.
Raquel 💛
