YO TAMBIÉN ME TIRO EN LA OLLA DE SAN VICENTE

 




Esa tarde íbamos a la Olla de San Vicente, esta vez todos colaborando con lo que teníamos que llevar hasta llegar allí. Cada uno con su toalla al cuello.

Que casualidad, esta vez no hacía falta llevar botellas de agua congeladas porque se optó por ir hidratados antes, ni cremitas porque se optó por aplicarse antes, ni comida porque se optó por llenar la barriga antes. En fin, pero todos colaboramos y nos apoyamos como una gran familia, cada uno su toalla. Podía haber sido peor solo llevar dos para todos y ya sabríamos quienes las llevarían colgadas al cuello.

Al llegar a lo alto del río nos encontramos con una preciosa poza de agua fría y cristalina, con cascadas, rocas, vegetación. Para encontrarse río arriba había bastante gente, tomando el sol, bañándose, saltando desde lo alto de unas rocas a la poza.

Han leído bien, saltando, quédense con esto, saltando, saltos rectos, con las manos y brazos pegados al cuerpo, piernas estiradas, no se podía hacer mucho más malabares porque había que caer justo en un punto de la poza sino querías sufrir un accidente o terminar mal.

Decidimos bañarnos. ¡Su puta madre! que agua más fría, pero que era frío nada para nosotros, pues nada.

Fuimos nadando hasta donde estaban los chavales tirándose desde lo alto de las rocas, la verdad, lo veía un peligro pero allá cada uno lo que haga con su vida.

No hacía más que mirar a mis sobrinos y les decía no, no, vosotros desde ahí no saltáis. Me salió mi vena de tía protectora; pero de verdad, es que me daba miedo de verlo.

Al final Adri dijo que no, y uff!! respiré pero Álvaro dijo: Yo si voy. ¡Joder! con el adolescente de los cojones siempre haciendo que me aflore la adrenalina. El caso es que se subió a lo alto de aquel pedrusco y como buen adolescente, juventud y arte. Puso su cuerpo recto, bien estirado, brazos pegados, piernas pegadas, un pequeño saltito y lo clavó. Fue un salto espectacular, porque no teníamos carteles sino su madre, su padre, su hermano y yo le hubiéramos puntuado de 10.

Aquí viene lo mejor, no teníamos suficiente con el adolescente que ahora el padre de las criaturas dijo que él también quería tirarse. Pero vamos a ver alma de cántaro que tienes una edad que no puedes ir haciendo esas locuras, que una mala caída o una mala postura al tirarte o un mal cálculo puede traerte consecuencias. Pues nada, ahora a sus 50 y pico años se siente como un teenager. Después de 15 minutos para subirse al pedrusco, le vemos ahí en lo alto.

Nos creó una expectación que no podíamos quitar ninguno de los que estábamos allí los ojos en él, un silencio que se hizo.

Después de tres suspiros, cerrar los ojos y concentrarse, ahí que fue. No sé en ese momento que pasaría por su mente, pero todos pensamos: ¿qué hace? ¿qué hace?. Empezó como si quisiera tirarse de cabeza, luego en un segundo rectificó, intentó ponerse recto, ay que no, ay que sí, ay que hago, que se puso a cuatro patas y se estampó contra el agua. El salto del gato que hizo.

Aún recuerdo la cara de mis sobrinos en plena adolescencia como miraban a su madre y su madre diciéndoles:

- Sí, ese es vuestro padre.

- Pero. ¿qué ha hecho? decían.

-El salto del gato, una nueva modalidad.

Por supuesto, la ostia diga lo que diga fue de traca, por mucho que dijera no me he hecho daño, la rojez de su cara, sus piernas, su tripa y su forma de nadar hasta llegar a nosotros nos decían que eso había dolido mucho pero mucho.

Moraleja: Pon un cuñado teenager en tu vida, las risas las tienes aseguradas.


Raquel 💛